Mostrando entradas con la etiqueta policial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta policial. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de junio de 2010

Cuento policial "El Aliento del Diablo" del libro Secuestro Express, Editorial De los Cuatro Vientos




Vilma estaba en la cama, descansando como una gata perezosa. De tanto en tanto se acariciaba los pechos y le sonreía. Después, dejaba que su mano bajara hasta su pubis y con la uña del índice se rozaba los labios de la vulva.


¡Qué mina ésta!. Hacía un rato había tenido de todo y por todos lados y ahora quería más.

-Vení... -Vilma sacó su lengua rosada y se la pasó por los labios. Más que nunca parecía una gata.

-Siempre lo dije. Tenés la "fiebre", ¿no?

Vilma seguía mostrándole la lengua y acariciándose el clítoris. En sus ojos brillaba el deseo. El más primario y bajo de todos los deseos. Vilma no tenía ninguna clase de control cuando estaba en la cama con un tipo. Solía exprimirlo hasta la última gota. Era una puta de alma. No una prostituta, una puta con todas las letras, y estaba orgullosa de serlo.

-Vení... -repitió suavemente.

-No -dijo Medardo Sosa-. Me tengo que ir... -agregó mientras se abotonaba la camisa. Por el rabillo del ojo vio una expresión de fastidio de ella. Tenía las cejas enarcadas pero no cesaba de masajearse el clítoris con su índice.

El hombre se puso el saco. Luego recogió el arma de la mesita de luz.

-Chau. Vuelvo mañana... -dijo.

Entonces ella metió la mano entre sus piernas y lo aferró de los testículos. Sosa dio un involuntario gemido.

-Todavía no, papito... -dijo ella, mientras le desabrochaba la bragueta y con su diestra exploraba hasta encontrarle el fláccido pene y sacárselo afuera.

-Pará, loca... -gruñó él.

Pero ya era tarde, los carnosos y húmedos labios de Vilma comenzaban a succionar ávidamente su miembro viril. Era una caricia tan suave, tan experta... La sensación de terciopelo arrullando su glande era tal que Sosa se abandonó. Entrecerró los ojos mientras una oleada de éxtasis crecía dentro suyo. Vilma era como una animal agazapado, bebiéndolo.

Medardo sintió la tibieza de su semen invadiendo la boca de ella, llenando las galerías de su garganta. Ella se desesperaba y bebía aquella humedad con deleite.

Cuando retiró su boca, Sosa sintió que sus piernas le flaqueaban. Y Sosa no era ningún debilucho. Tenía noventa y cinco kilos bien distribuidos en su cuerpo fibroso y elástico.

-Puta de mierda... -silabeó empujando su frente. La cabeza de ella cayó sobre la almohada. Sonreía. Sosa supo que estaba tragándose su líquido. Degustándolo como quién saborea el mejor de los manjares.

Fue al baño y se higienizó. Se cerró la bragueta y calzó la pistola en el cinto.

-Volvé pronto, papito... -dijo ella mientras se relamía.

-No tan pronto... si te dejo, vas a terminar haciéndome de goma... -tartajeó y salió del departamento.

Cuando llegó a la calle, un viento silbón gemía en el atardecer.





El Cholo estaba trabajando con el soplete cuando Medardo Sosa entró al taller. Las llamas viboreaban en la máscara protectora que el otro tenía puesta en el rostro. El Cholo estaba tan abstraído en la soldadura que no lo oyó llegar. Cuando Sosa le tocó el hombro dio un respingo.

-¿Qué hacés? -El Cholo cerró el soplete y se quitó la máscara. Sonreía. Al Cholo le faltaba un diente y ese cuadrado oscuro era como una ventanita a lo desconocido. El Cholo era larguirucho y menudo. Tenía algo de araña. Lo más característico de su cara eran sus ojos. Dos globos saltones a lo Peter Lorre.

-Me vine a despedir -dijo Sosa mientras sacaba del bolsillo de su saco un cilindro negro y brillante.

-¿A dónde te vas? -el Cholo lo miró extrañado.

-Yo no me voy. Vos sos el que te vas... -mientras hablaba, rapidísimo, Sosa había extraído la automática, calzándole el silenciador.

¡Pof! El taponazo fue como un pedo seco. Uno de esos pedos que no hacen historia. Pero este pedo no tenía hedor a material fecal y sí bullía de hedor a pólvora. El Cholo lucía ahora un tercer ojo en la frente. Y sus dos ojos naturales miraban aún más desorbitados que nunca.

Se derrumbó como un muñeco de humo. Una de sus manos alcanzó a manotear a Sosa y se deslizó apretujada como una garra por el pantalón de su verdugo.

-Porquería... -dijo Sosa y lo escupió. El Cholo había quedado de bruces y su cabeza comenzaba a convertirse en un lago de sangre.

Sosa apuntó a la nuca y disparó por segunda vez. La cabeza del Cholo se sacudió como si un último espasmo de vida lo electrizara.

-Porquería -repitió Sosa mientras desenrollaba el silenciador y guardaba la "pesada" en su cintura.

Se fue silbando bajito. Salió del taller mecánico por la boca abierta de la persiana y se perdió en la noche.





La calva de Ballesteros siempre había brillado. Era como si se la frotara con aceite o crema de manos. Ballesteros era gordo, de ojillos de rata y labios sensuales. Vestía siempre ropa cara. "No hay nada más deplorable que un delincuente mal vestido", solía decir. Y el gordo era eso, un delincuente. Un especialista en "salideras" de bancos. Claro que la plata no le duraba. Le gustaba visitar Palermo y el Central en Mar del Plata (en temporada y fuera de ella). Y de hembras, ni hablar. El gordo había cabalgado sobre las mejores putas de Buenos Aires. Muchas de ellas, de las que figuraban en los catálogos de los hoteles de primera línea de la Reina del Plata.

Estaba plantado en una parada brava en aquella mesa de póker. El humo de los cigarrillos emponzoñaba el ambiente y dos de los jugadores se habían ido al mazo. Pero quedaba uno que le estaba haciendo fuerza y el gordo comenzaba a sudar la gota ídem.

En eso estaba cuando Medardo Sosa llegó al departamento donde se jugaba. Sosa era conocido del dueño de casa, el pecoso Britos. Al verlo por la mirilla y reconocerlo, lo había dejado entrar inmediatamente.

-Sí, el gordo está en la otra habitación... -dijo Britos ante su pregunta.

-¿Puedo pasar? No digas nada. Es una sorpresa... -murmuró Sosa.

-Seguro. Yo te voy a buscar un trago... Es siempre bueno volver a ver a un amigo como vos. Muy duros estos cinco años en Devoto, ¿no?

-Muy duros... -asintió Sosa.

Entró. El gordo le estaba dando la espalda. Sosa volvió a calzar el silenciador en la pistola.

El gordo transpiraba. Acababa de poner sus cartas en la mesa. Full de ases.

-Ganaste -dijo el otro, con algo de bronca.

El gordo sonrió. Fue su último triunfo en esta vida.

El proyectil le abrió la nuca de cuajo y la deflagración le quemó el poco cuero cabelludo que tenía. Su cabeza cayó y dio de bruces sobre la mesa. Quedó oliendo el dinero y las cartas que habían estado orejeando un ratito antes.

Los otros tres tipos miraron despavoridos a Sosa.

-Era una porquería -dijo Sosa a modo de explicación. Desenrolló el silenciador y guardó éste y la pistola.

Y se fue. Ahora el hedor de pólvora mezclado al humo de los cigarrillos hacían más irrespirable aquella mesa de juego.





Alessandri era una ruina. Daba pena verlo, ojeroso, de labios morados. Pero el pucho no se le caía de esos labios. Fumaba dos paquetes por día y a veces más. Era fanático el hombre. Y de los entusiastas. Estaba sentado en un rincón oscuro del bar frente a una botella de ginebra. La ginebra era otra contribución más a su exterminio y eso Alessandri lo tenía claro. Pero la corriente se lo llevaba y él no pensaba hacer muchos esfuerzos para revertir la situación. Estaba entregado, demolido. Y había sido el mejor ladrón de cajas fuertes hacía una década. "Dedos de seda", le decían los de la "yuta".

Y ahora, le temblaba la mano al servirse otro poco más de ginebra.

Hubo un vientecillo cuando la puerta mugrosa del bar se abrió. Se coló una sombra. Alessandri se estaba raspando la garganta con la ginebra cuando la sombra se detuvo ante él.

Alessandri apuró los últimos sorbos y miró hacía arriba. Medardo Sosa le sonreía desde lo alto. Una sonrisa cansada, desteñida.

-Medardo... -murmuró el viejo ladrón.

-¿Me puedo sentar? -preguntó el recién llegado.

-Claro. ¿Qué querés tomar?

-Nada. Sólo me voy a quedar un minuto...

-Qué alegría me da verte...

Sosa sonreía.

-Estoy hecho una piltrafa, ¿no? Y bueno... -Alessandri se encogió de hombros. Se estaba llevando otra vez el vaso a la boca cuando el primer disparo lo alcanzó en el estómago.

Hubo un segundo tiro, por debajo de la mesa. Sosa había preparado su maquinita mortal con rapidez y sin dejar de sonreír.

Nadie oyó los taponazos confundidos con el rumor de los escapes de los automóviles que llegaban de la calle.

-¿Por... qué...? -El viejo ladrón balbuceó la pregunta con esfuerzo. Seguro que había imaginado una muerte más lenta, con los pulmones comidos por el cáncer o la cirrosis fagocitándole el hígado. No así. Bueno, al menos era mucho más rápido y piadoso.

-¿No lo sabés...? -preguntó Sosa.

El otro boqueó, hizo un esfuerza enorme, postrero para hablar, pero no pudo. También él dio con su cara de bruces y ahí quedó inmóvil, con esa inmovilidad que sólo pueden tener los muertos.

Sosa se levantó y se fue. Cuando salía oyó que el mozo se ponía a gritar desaforadamente. Se metió en un taxi que pasaba y se hizo perdiz...





Vilma, que estaba montada sobre él, cesó de cabalgarlo y se quedó tiesa.

-¿Que hiciste qué? -dijo sin poder creer lo que había oído.

-Los maté a los tres. Al Cholo, a Ballesteros y a Alessandri. Los tres hijos de puta están muertos. Ya deben estar largando olor, supongo...

-¿Estás loco? ¿Por qué...? ¿Qué te hicieron?

-¿Y justamente vos me lo preguntás? -Vilma quiso desmontarse, pero él la aferró del brazo y no la dejó. Vilma respiraba entrecortadamente y sus magníficas tetas subían y bajaban. Su sexo estaba húmedo y Medardo Sosa sentía esa humedad mojando su pene.

-No sé... de qué hablás... -dijo ella, muy por lo bajo.

-De mis cinco años en cana, Vilma. De que uno de ellos me vendió, no sé cuál, pero no importa. Uno me vendió. Y éramos amigos. Yo pude haberlos delatado también. Pero no lo hice y pagué el pato por aquel robo a la joyería, ¿te acordás?

Ella asintió. Estaba lívida.

-No dejés que se me caiga el aparato, nena... -demandó él. Ella volvió a moverse, acompasada, expertamente. Sus pechos iban y venían.

-Te estás preguntando por qué maté a los tres si uno me vendió, ¿no es cierto?

Ella asintió, mordiéndose los labios, sin dejar de hamacarse.

-Porque los tres te montaron, Vilma; mientras yo me tenía que cuidar el culo allá en Devoto. Los tres te gozaron a vos, mi esposa. Y decían ser mis amigos. Yo nunca le haría una cosa así a un amigo. Habiendo tantas hembras por ahí, ¿cómo le haría eso a un amigo? Eso es reírse, desvalorizar a ese amigo, es pisarlo... Seguí, Vilma. No te vayas a parar ahora...

-Medardo... perdonáme. ¿Me vas a perdonar...? Cinco años es mucho... ¿Cómo querés que me aguantara? -Vilma estaba a un paso del llanto.

-Para vos también corre la regla... habiendo tantos machos por ahí... ¿tenías que encamarte con mis amigos...? Vos también te reíste de mí, me desvalorizaste... ¿Acaso creías que no me iba a enterar porque estaba preso?

Vilma estaba lagrimeando pero no se atrevía a dejar de hamacarse.

-¿Qué... qué me vas a hacer?

-Vos lo sabés, Vilma. Pero lo voy a hacer después que acabe"...

-Te amo, Medardo. Te adoro... -sollozó ella y seguía empujando con desesperación.

Entonces Medardo acabó y ella sintió la descarga de su sexo. Vilma tuvo un espasmo de terror y se apartó del hombre.

En ese momento hubo golpes en la puerta. Y una voz perentoria se dejó oír.

-¡Policía! ¡Abran! -gritaba alguien del otro lado de la puerta.

-¡Socorro! -La voz de Vilma fue un miserable aullido. Desnuda, magnífica, corrió hacia la puerta.

La mano de Medardo voló rumbo la mesita de luz donde estaba la automática. Esta vez no tenía calzado el silenciador. Ni falta hacía.

Los dos primeros balazos explotaron dentro de la habitación. Penetraron en la espalda de la mujer y la tumbaron de un soplido.

Más gritos del otro lado de la puerta. Medardo sabía que iban a venir. Pero quizás pensó que no vendrían tan rápido. La cosa es que aquí estaban.

Un patadón abrió la puerta. Un "itakazo" reventó como un trueno.

Medardo sintió que una fuerza devastadora lo arrojaba contra el espejo. Pero no soltó la pistola. Volvió a disparar dos veces más y un cuerpo uniformado se dislocó ante él.

El aliento del diablo le respiró en la cara. Supo que la boca del infierno se abría para él. Se levantó, trastabillando. Su brazo izquierdo casi no existía, era un colgajo miserable, sangriento y ennegrecido.

Todavía disparó una vez más. Nunca supo si había acertado. Una lluvia de proyectiles lo arrasó y ya estaba muerto cuando su nuca dio, secamente, contra el piso.

Se hizo un silencio espeso. El humo de la pólvora impregnaba la habitación.

Uno de los policías, el que comandaba el grupo observó en silencio el cuerpo de su subalterno y los otros dos cadáveres desnudos que yacían inmóviles. Se detuvo pensativo un instante en la visión de la destruida belleza de la hembra que yacía a sus pies.

-Maldito perro rabioso... -murmuró con furia.





FIN
 
 
(c) Armando S. Fernández

martes, 4 de mayo de 2010

Cuento: Estación Suburbana


La pequeña y sucia estación suburbana apareció ante los ojos de Ireneo Moyano con las últimas luces del día.
Percibió el entrechocar de vagones del tren que, aminorando paulatinamente la marcha, llegaba a detenerse finalmente. Una mujer gorda que estaba sentada frente a él se levantó, cruzó el pasillo y descendió. Había pocos pasajeros en el vagón.
Moyano examinó los asientos rotos, escritos, desgajados. Miró el suelo y vio una ostentosa y oscura cucaracha reluciente que cruzaba muy oronda el pasillo. Se preguntó vagamente qué haría esa cucaracha ahí.
"Vivir"-Se respondió, “todos los seres hacen eso”. Hasta gente como el propio Moyano. En eso la cucaracha y él no se diferenciaban mucho, tampoco en el hecho de que algún inadvertido pasajero podía pisarla y convertirla en puré.
A Moyano también podían "pisarlo", aunque no exactamente en el sentido literal. Dio otro vistazo distraído al periódico que yacía sobre sus rodillas. Nuevamente el titular en negras letras atrapó su atención:
"Asesinan a Alfonso Borghi".
Sonrió para sus adentros. El conocía esa primicia antes que cualquier diario, incluso antes que la policía y antes que el portero, que según decían, había descubierto el cadáver de Borghi navegando en los mares de su propia sangre.
Los macabros detalles mencionados en la nota policial, hablaban de que parte de la masa encefálica de la víctima había quedado estampada contra la pared.
Moyano sabía que no exageraban en lo más mínimo...
Una calibre cuarenta y cinco hace estragos. Le había volado la cabeza a ese grandísimo hijo de puta y ahora la muerte de Borghi estaba en los diarios, los noticiarios de la televisión y la radio.


Es que Borghi era un tipo importante. Estaba metido en la política, en el mundo empresarial y era habitual de la noche porteña. Las mejores hembras de la noche se lo disputaban. Tenía pinta de galán y una billetera que parecía una cornucopia (el cuerno de la abundancia) porque no acababa nunca de tirar guita.
Bueno, ya no lucía como un galán. Ahora era un guiñapo ensangrentado, con una etiqueta colgando del dedo de su pie derecho, acostado en una bandeja de la morgue judicial. “No hay caso”, reflexionaba Moyano. “El hombre está destinado fatalmente a ser comida de gusanos. Víene de la nada y vuelve a la nada. Puede farolear esos "cuatro días locos" que, alguien en alguna parte le concede, pero cuando el piolín se corta... adiós, muchachos”.


Moyano consultó el reloj. Las siete y diez y la negrura nocturna ganaba espacio con rapidez. Cayó en la cuenta que el tren no había vuelto a reiniciar la marcha y vio que algunos de los pocos pasajeros dialogaban entre sí comentando la demora.
Miró por la ventanilla y súbitamente le pareció estar en un sitio conocido. Sabía que no era así, que nunca se había apeado en esa estación, pero el sitio le recordaba algún lugar de su infancia.
Porque los asesinos también alguna vez tuvieron infancia. ¿O alguien se cree que nacieron con un arma en la mano y que en vez de pedir la teta pidieron "la bolsa o la vída"?
Súbitamente Moyano experimentó una sensación agradable. La plataforma semivacía de la vieja estación suburbana no le pareció tan lóbrega, tan inhóspita...
Tal vez era que estaba cansado de escapar. Y eso que hacía menos de veinticuatro horas que escapaba.
Cerró los ojos, un gusto agrio le subió a la boca. Buscó un cigarrillo y al no encontrar el paquete recordó que lo había estrujado un rato antes y tirado por la ventanilla, ya vacío. La necesidad de fumar lo aguijoneó. El hombre siempre es esclavo de algún vicio. El juego, el alcohol, la droga, el "faso", las minas. Moyano no estaba seguro de si esto último fuera un vicio pero si lo era, bienvenido.
Entonces descubrió el pequeño quiosco abierto, encendido como una luciérnaga en la semioscuridad de la estación. Seguro que ahí había cigarrillos. Se levantó y el periódico se cayó al piso. No se molestó en recogerlo. Fue hasta la salida del vagón y descendió. Cuando sus pies pisaron el pequeño andén, Moyano escuchó el pitazo del guardia y el ronco rugir de la máquina diésel que se preparaba a reanudar camino.
Le agarró como un cansancio... ¡Que se fuera a la mierda ese maldito tren! Y se quedó parado, mientras el convoy comenzaba a moverse como un entrecortado gusano, hacía la noche salpicada de luces que esperaba más allá.
Se quedó mirando, hasta que el tren se perdió tras un recodo.
El quiosquero comenzaba a cerrar su pequeño boliche y Moyano llegó hasta él.
- Negros con filtro -Pidió y extendió un billete.
Después, Moyano fue y tomó asiento en uno de los bancos de la estación. Rasgó el paquete y se llevó a los labios un cigarrillo. Lo encendió con placer. Un pequeño placer que podía darse y que obviamente contribuiría a echar más nicotina a sus castigados pulmones.
Fumó en pitadas largas contemplando lo que le rodeaba. El anciano del quiosco se marchaba cansinamente por el andén, rumbo a la barrera. Moyano no tenía prisa.
De golpe se le ocurrió pensar que seguir corriendo era una tontería.
Se sintió como un hámster que había visto en una veterinaria hacía poco, disparando dentro de una jaulita circular que giraba y giraba como una pequeña vuelta al mundo. No iba a ser tan pelotudo como ese ratoncito de largos mostachos que corría y corría despavorido para no llegar a ninguna parte... ¡Qué joder!
Un hombre solo, sentado en la silenciosa quietud de una estación suburbana, fumando un cigarrillo. Invisible para el mundo.
¿Acaso no era la mejor manera de escapar?
Quedarse quieto. No moverse, mostrarse aburrido y apacible. Interpretar el papel de un tipo común, quizás un desempleado, un solitario y no el del asesino por encargo que realmente era.
Borghi no era el primer tipo que había envíado a la "platea alta", probablemente tampoco sería el último. Lo relativo a su oficio era sencillo: Si alguién le tenía bronca a otro por los motivos más variados, lo quería traicionar y asegurarse de no tener represalias, quería vengarse o lo que fuera. Si lograban conectarse con Moyano y pagar el precio requerido, podían dormir tranquilos...
La conciencia de los asesinos es una sustancia adormecida, vaga, sin importancia. Generalmente el asesino no tiene el concepto lógico de humanidad del resto de la gente común. Si no, no sería un asesino, no podría dispararle a la cabeza, acuchillar o estrangular a alguien. No podría meter un cadáver en un pozo con cal viva e irse tranquilo a encamarse con una mujer o cualquier otra actividad normal...
La conciencia de Moyano era eso, una entidad amorfa, inexistente, arrinconada en un rinconcito del alma. A su modo era un monstruo y tal vez estaba vagamente orgulloso de eso.
De lo que sí estaba realmente orgulloso, era de ser un profesional. Cobraba bien pero no fallaba y nunca se ataba a nadie. Era como esos lobos solitarios que se apartan de la manada, porque secretamente desprecian al resto de sus congéneres.
Apareció un chico. Tenía las zapatillas rotas y mirada huidiza. Un hijo de nadie. ¿Dónde estarían los padres de aquel pibe?
Moyano imaginó a un tipo en curda y alguna pobre mujer cargada de hijos, dentro de una casilla de chapas. No le fue difícil imaginarlo. Así había sido su infancia. Las borracheras de su viejo y las palizas que su pobre madre se comía.
Y la furia y el rencor creciendo, como una plantita agazapada en el carozo de su infancia triste y miserable.
Y aquella vez que pretendió defender a su pobre vieja de la paliza habitual del ebrio y su progenitor le rompió el tabique nasal de una trompada. Le había quedado nariz de boxeador, ancha, bulbosa. Viendo venir al pibe, se reconoció en él.
 Moyano pibe, solía vagar por las estaciones suburbanas, robando a los borrachos o aprovechando el descuido de alguno para arrebatarle el bolso y salir rajando...
Como salió rajando aquella noche de la casilla en que vivía con sus cuatro hermanitos para no volver nunca más. Bueno, eso no era totalmente cierto. Volvíó una vez... cuando tenía diecisiete años y acababa de salir de un correccional...
Volvió para encontrar al viejo más viejo y más borracho que nunca.
No había nadie en la casilla. Ni su madre ni sus hermanos. Un vecino le dijo que hacía unos meses que su viejo vivía solo.
El viejo roncaba como un cerdo, eructando vino barato entre sueños y la covacha apestaba como siempre. Ahí lo tenía indefenso, a su merced. Descubrió un bidón con querosene y casi sin pensarlo roció aquel cuerpo sudoroso, que respiraba entrecortadamente en la lobreguez de la casucha.
Sacó el paquete de fósforos de su bolsillo y tomó uno de los palillos. Un solo chispazo, una llamarada y su viejo iba a entrar en el infierno con todos los honores.
Nunca supo bien qué lo detuvo...
Tiró la caja de fósforos, la pisoteó con furia en el suelo de tierra y se fue, puteando.
Ese, estaba seguro, fue el último acto de piedad que tuvo para con la especie humana...
-¿Me da una moneda, don?
El chico tenía un moco que le salía de la nariz y que bajaba y subía cuando el órgano nasal inspiraba. Era un moco amarillento, como pus.
Moyano lo vio claramente a la luz mortecina que iluminaba el andén.
También tenía dientes de conejo, largos, incisivos... como los de una pequeña rata al acecho.
Moyano metió su mano en el saco, extrajo la billetera y le alcanzó un billete de cien pesos. El pibe lo miró maravillado y después parpadeó.
Es que también había advertido la soberbia cuarenta y cinco calzada en su sobaquera, aguardando, fría, metálica y lustrosa.
-Tomá... -Le dijo Moyano.
No sabía bien por qué hacía lo que hacía. No sabía por qué estaba sentado en esa estación suburbana y mugrienta; ni por qué le daba lo que le daba, a ese pibe rotoso, hambriento y vagabundo.
A lo mejor; porque muy en el fondo de su alma, todavía le quedaba un poquito de misericordia.
A lo mejor; porque no se lo estaba dando a ese pibe. A lo mejor se lo estaba dando a él mismo, a su infancia pasada, también hambrienta y miserable, plagada de golpes y llantos maternos.
El pibe le manoteó los cien y se fue rapidito, como una sombrita veloz hacia la oscuridad al final del andén.
Otro tren venía en sentido contrario. Un terrible gusano oscuro, rugiente y salpicado de luces. Se detuvo rechinando como un toro furioso un minuto en la estación, algunos descendieron y el tren siguió camino. El pitazo perforó los oídos de Moyano que encendió un segundo cigarrillo.
Ahora se estaba levantando un poco de frío, pero Moyano sentía la tibieza del banco de madera y la sensación de estar en un sitio agradable lo seguía manteniendo allí.
Se estaba poniendo viejo, pensó.
Tenía cuarenta y dos y se sentía viejo. Un verdugo envejece más rápido que la gente normal. En las muertes que ejecuta percibe, como ninguno, que su propia vida se achica. Nadie mejor que un verdugo comprende lo breve y fútil de la existencia.
No tenía hambre, ni sueño ni nada. Quería estar solo sentado en el limbo de esa estación suburbana, cuyo nombre ni se había molestado en averiguar.
No sabía por qué pero estar allí, era como si recuperara un poquitito de su infancia, esa infancia en la que no había nada bueno para recordar, a excepción del rostro de su madre.
Moyano descubrió en esos instantes que siempre le habían le había gustado las estaciones. Esos lugares en que la gente siempre está de paso. En las que nadie se detiene demasiado, a excepción de los vagabundos sin hogar que duermen transitoriamente en ellas.
Es que Moyano también era un vagabundo sin hogar.
Un tipo que no había echado raíces ni se había ligado a ninguna mujer. Para esas cosas hay que sentir amor y Moyano podía sentir hambre, ganas de defecar, de coger, de fumar... pero de amor, ni noticias.
No le había regalado cien mangos (¡cien mangos!) a ese pibe por amor. No, nada de eso. No sabía bien por qué lo había hecho, pero estaba seguro de que no era por amor.
"Esta noche la voy a pasar sentado en este banco", pensó. “Mientras la cana y los socios de Borghi buscan y requetebuscan a quien lo despachó, yo voy a estar aquí, sentado como un croto". El pensamiento le hizo reírse suavemente como si se tratara del mejor chiste del mundo.
Esa estación suburbana se le antojaba el perfecto lugar para pasar oculto y desapercibido al resto del mundo.
Y entonces, algo le hizo naufragar la sonrisa.
Dos policías venían por el andén. Y no venían solos...
Traían al pibe del brazo. Moyano sintió que se le secaba la lengua y los músculos se le tensaban, como cuerdas de violín.
El tigre que habitaba dentro de él acababa de despertar. La fiera olía el peligro.
¿Por qué traían al pibito del brazo y venían directo hasta él?
Optó por hacerse el distraído. Podía ser perfectamente un pasajero que esperaba el próximo  tren. Los canas pasarían a su lado, llevando detenido al pibe y todo seguiría en paz.
Pero los dos uniformados se detuvieron ante él.
- Buenas noches, señor -Dijo uno que tenía bigotes y jinetas de sargento mientras el otro no soltaba al pibe.
- Buenas noches -Replicó suavemente Moyano.
- Atrapamos a este pendejo a la salida del andén... Le revisamos los bolsillos y le encontramos cien pesos. El dice que usted se los dio... ¿Es eso cierto?
El sargento lo miraba con ojos extraños. Moyano estaba bien vestido e inspiraba cierto respeto.
Los ojos del pibe despavoridos, se cruzaron con los de Moyano. Había todo un mundo de terror en ellos...
Moyano reflexionó un instante. No le podía decir que sí a los canas... La siguiente y lógica pregunta sería "¿Por qué le dio ese dinero al chico?" o "¿De dónde sacó ese dinero?".
- No, sargento. Claro que no... -Murmuró.
- Ya sabía yo... Y vos, mocoso... ahora vas derechito al juez de menores... -El pibe largó un gemido cuando el otro uniformado le clavó los dedos en el brazo.
- ¡Él tiene un arma! -Gritó el pibe.
No podía comprender los motivos de Moyano y devolvía su traición. Pagaba su mentira con una verdad.
- ¿Qué decís...? -Preguntó el sargento.
- ¡Este coso es un mentiroso! ¡Me dio la guita y tiene un arma! -Volvió a gritar el pibe.
El sargento giró hacia Moyano.
- Sus documentos, por favor... -Dijo secamente.
Moyano metió la mano dentro del saco. Pero ya estaba jugado. No sacó la billetera. En cambio, la cuarenta y cinco brotó bajo la luz del andén, como una prolongación de su mano.
Disparó a quemarropa sobre el sargento y lo vio caer con una expresión de sorpresa. El chico dio un grito, mientras el otro uniformado extraía su reglamentaria.
Moyano cambió el ángulo de tiro para acribillarlo y en ese instante el pibe se cruzó ante la boca de su arma. Moyano vio los ojos dilatados de terror de la criatura...
Y no gatilló, porque habría reventado al chico de hacerlo.
El que sí disparó fue el segundo policía y Moyano sintió el impacto quemante del proyectil en su cuello. Un remolino de sangre saltó como surgente mientras trastabillaba y caía.
Un segundo disparo lo alcanzó en el hombro, pero para ese entonces, ya estaba terminado...


El uniformado auxiliaba a su compañero y el pibe lloraba de puro miedo. Moyano, tendido en un lago de sangre hizo esfuerzos por decir algo... y no pudo.
Tuvo un último, fugaz pensamiento...
¡Que mal negocio era tener piedad...!
Pero no podía disparar contra ese pibe... hacerlo era disparar contra sí mismo, contra su infancia desventurada.
Se murió enseguida y el solitario andén suburbano se llenó pronto de gente, de policías, médicos y enfermeros, el silencio nocturno se astilló con el alarido de las sirenas.
Después de todo, los verdugos también mueren.

Ilustraciones Castro Rodríguez

(c) Armando Fernández